Ya se prefieren los valores materiales que los verdaderos que los morales
Y muchos colombianos. No todos, por fortuna, pero no podemos desconocer el daño tan grande que la ambición desmedida y la adquisición rápida del dinero fácil le han causado al país. Primero fueron los narcotraficantes, que se acostaban normales y amanecían forrados en billetes; después, la herencia maldita que nos dejaron estos personajes: cientos de peladitos que no duraron nada, a quienes encargaban el asesinato de policías y enemigos de los jefes por una cantidad de dinero que no es que fuera mucha, sino que el volumen de encargos la hizo interesante. A más muertos, más rápido se adquiría la casa para la cucha y el equipo de sonido para el viejo. Historias que no hemos podido borrar de la memoria, no sólo por dolorosas, sino porque se siguen presentando como una de las peores enfermedades de nuestra sociedad. De ahí también salieron las prepago, por nombrar apenas otro de los males que nos aquejan.
Los delincuentes cambiaron conciencia por dinero y nos causaron un daño irreparable. Ese afán de riqueza ha llevado a muchos a la degradación total. Se ha generalizado que por plata se hace lo que sea, sin importar el costo. Es el caso de Nada más que la verdad, un nuevo programa de Caracol Televisión que, para ser sincera, apenas soporté cinco minutos. Y no porque me escandalicen los secretos más íntimos de un desconocido que nos los está contando para que a él le paguen, sino porque no me importan y porque mi morbo no da para tanto, aunque ha sido inevitable que muchas personas me cuenten lo que no quiero saber.
No es de mi incumbencia lo que los seres humanos hagan o dejen de hacer con su vida y cómo manejan su ética y su moral, sea sencilla o doble, pero me cuestiono: ¿Qué sentirán los familiares de ese pobre ser humano que está ahí, desnudando sus verdades más íntimas? ¿Qué pensarán los hijos de esa mamá que admite haber tenido relaciones homosexuales? ¿Y los compañeros de la secretaria que dijo haber recibido prebendas de su jefe a cambio de favores sexuales? ¿Y la cara de boba de la esposa del que reconoce haber sido infiel una, varias o mil veces? ¿Y vieron el asombro y la angustia de la mamá cuya hija abortó?
Decir la verdad y nada más que la verdad es un compromiso que todos los seres humanos asumimos por naturaleza desde el momento mismo en que empezamos a ser conscientes de la vida, pero las verdades innecesarias y compradas se me hacen catastróficas. El problema no es lo que cada quien haga, repito, sino la manera tan descarada como esas personas son capaces de mandar mensajes equivocados a una sociedad frágil que no aguanta pesos tan pesados.
No se trata de negar ni de mentir, pero hay silencios de oro, verdades que nadie tiene que saber porque no son para nada edificantes, ni mucho menos loables, sino todo lo contrario: revelan la decadencia total del ser humano.
Pobre canal de telé basura que busca desesperadamente alcanzar alta audiencia. Y pobres concursantes del polígrafo. A duras penas lo único que les va a quedar es un poco de dinero. Ah? y el recuerdo efímero de los aplausos del público que revientan después de cada intimidad expuesta. ¡Qué lastima me dan!
EL COLOMBIANO